La honda tierra es la suma de los muertos. Carne unánime de las generaciones consumidas. Pisamos huesos, sangre seca, invisibles heridas. El polvo que nos mancha la cara es el vestigio de un incesante crimen.
–José Emilio Pacheco, No me preguntes cómo pasa el tiempo
Como el efecto de un espejo imaginario vi mi reflejo en una
fotografía de esa persona que casi no sonreía, hablaba sin ánimos y no se
esforzaba por destacar –nosotros la conocíamos como 'la chica sin chiste'. Me pregunto
qué ha hecho todos los días desde que la vi por última vez y por lo menos
confirmo que si su vocación era ser olvidada o pasar desapercibida, la cumplió
con éxito. Asimismo, me pregunto por todas aquellas personas a quienes conocí y
afortunadamente hoy me han olvidado: soy su amigo y me identifico con ellos, de
ser posible yo tampoco recordaría quién soy. En un extraordinario cuento sobre
el insomnio titulado ‘Now I lay me’, Ernest Hemingway relata que su personaje
Nick Adams se entretiene rezando un Padre nuestro por cada persona que conoció
durante su vida, desde el primer recuerdo hasta el más reciente; me parece un
gran ejercicio pero estoy por lo opuesto: agradezco al olvido porque hundió
para siempre tardes de melancolía, personas sin nombre pero cuyo rostro
identifico, pequeños triunfos o errores, sucesos
malogrados o frustraciones. No debe
ser tan malo que la mayoría de las cosas que hacemos se disuelvan en la nada –quizá
algunos buscábamos eso .
Crisis, en la acepción ideogramática china, abarca dos conceptos: cambio y peligro. -Eduardo Milán, Resistir
Puede decirse que hay una separación bien clara entre las
palabras y las acciones, esto entendido para el momento actual de nuestro país.
Pero la vida en democracia no puede reducirse a una sola acción –la de votar–
así como las críticas al poder no pueden ser únicamente las expresiones en
redes sociales electrónicas y las consignas en las marchas. Es cierto que el
cambio verdadero comienza por uno mismo, pero los individuos valen poco frente
a la importancia de grupos o instituciones corruptas. Afiliarse a un partido
político para hacer algo provechoso en la política nacional resultaría torpe
porque sabemos que ellos son, en primer lugar, un negocio. La primera clave
para un cambio político en México se encuentra en otro tipo de organizaciones,
más reducidas en su alcance territorial pero más eficaces en cuanto a
representación de los intereses ciudadanos.
Esta organización política ideal no correrá peligro siempre
que se atiendan los verdaderos intereses de la comunidad y se escuchen las
voces de la mayoría; una afrenta grave es la intolerancia, o querer hacer valer
las decisiones propias por encima de las de otros. Lo más importante debe ser
el respeto, entendido en sentido amplio: a las demás personas, a las leyes y a
los valores, a lo que es de todos, al lenguaje.
La tarea del cambio se vuelve necesaria si se tiene en
cuenta una perspectiva histórica; tomaré una periodización muy obvia: el presente siglo, es decir, los quince años que van de lo que se llamó la alternancia
en el poder hasta hoy. Es terrible notar cómo en la mayoría de los aspectos,
México en este tiempo ha sido un desastre. Se mencionan la política, la
economía y la sociedad y vienen a la memoria casos desfavorables: la violencia,
la falta de oportunidades, los fraudes, la corrupción, la injusticia y la
desigualdad… Las preguntas para el estudioso en el futuro podrían ser ¿Qué se
hizo mal para alcanzar tal estado? ¿Quién fue el responsable de eso?
Vuelvo a la idea del principio: las palabras
carecen de importancia si no tienen un respaldo de acciones. Estamos acostumbrados
a que en México los discursos sean por tradición vacíos. Si consideramos todos
los sucesos dolorosos de tiempos recientes, sería imprescindible aprender de
ellos como lecciones de lo que no se debe repetir, no asimilarlas sería aceptar
que todo seguirá como siempre y muy probablemente esto es lo que sucederá.
El PRI es la columna vertebral del sistema político
mexicano. La forma y constitución actual de los partidos políticos en nuestro
país son un reflejo o respuesta de las prácticas de ese partido octogenario;
incluso es bastante frecuente encontrar políticos que militaron anteriormente
en el Revolucionario Institucional y que ahora son de “oposición” debido a que
ahí tienen mayor oportunidad de popularidad, mejores puestos o un sueldo más
elevado. Pero no por ideología ni tendencia política, porque está comprobado
tradicionalmente que casi ningún partido las tiene –la ideología acaso sería la
conveniencia y la voluntad de sacar el mayor provecho posible de cualquier
maniobra, sea legal o no.
Afirmo esto personalmente, y me gustaría conocer otras
opiniones: ningún partido me representa, no hay un solo político que me inspire
la menor confianza. Me parece una enorme ingenuidad desacreditar a una persona
porque no tiene las mismas ideas que yo: si se es priista pensar que López
Obrador es un loco o un viejo frustrado; si se es “de izquierda”, pensar que
los priistas son todos corruptos e ignorantes. Quizá todas las opciones políticas reunidas bajo el esquema de partidos se reduzcan a lo mismo y
atacarse entre ellos no aporta ni hace mejorar al sistema político.
Sabemos, porque lo vemos a diario, que el verdadero interés
en una campaña política es el dinero que se obtiene. También sería muy inocente
pensar que existe un candidato con propuestas verdaderas (ni lo obvio ni las
buenas intenciones son propuestas, las canciones populares reinterpretadas no
son propuestas, la insoportable cantidad de publicidad en medios de
comunicación no contiene propuestas). El error se encuentra en el pensamiento
de que vivimos en una democracia porque como ciudadanos tenemos el derecho de
votar por uno de los partidos que se nos ofrecen, aunque ellos sean inútiles o
infractores de sus propias leyes; pero la democracia debe involucrar a una
mayor responsabilidad de nosotros los ciudadanos.
La duda principal es ¿qué debemos hacer? (o con más precisión,
¿qué debo hacer?). Seguramente alguien perverso se beneficia con nuestro voto –aunque
éste sea voluntariamente anulado–, pero lo opuesto también es posible, si no
votamos otro ser igual de perverso nos agradecería por no seguirle el
juego a los políticos. La solución de los problemas de nuestra sociedad no se
encuentra en un acto tan poco significativo como un tachar un papel.
En resumen, no encuentro ningún motivo para
votar. Seguramente el domingo 7 de junio haré lo mismo que cualquier otro día,
estaré frente a la computadora, veré una película o leeré alguna novela o algún
cuento de Julio Cortázar.
Tenía dos emisiones de radio –cinco horas por semana– y los
comenzaba de esta manera "Un programa de jazz, para ti que te gusta el jazz" y continuaba con una oración que garantizaba
familiaridad o cercanía "Presenta y realiza Juan Claudio Cifuentes, 'Cifu' para los amigos, que sois vosotros". No pienso que fuera una simple fórmula, sus palabras
en verdad invitaban a escucharlo no sólo como a un amigo, sino como a un
maestro que explicaba el funcionamiento de un conjunto de jazz; ahí se
encuentra lo fascinante de sus programas: lo que lo distinguía de un programa
de jazz o de cualquier otra estación musical era la combinación de una
excelente selección musical con comentarios precisos sobre la pieza que
presentaba. Así se concretaba un ejercicio magistral pues exponía los rudimentos
al principiante (supongo que haber sido introducido al jazz por él habría sido
una experiencia envidiable) o ilustraba al iniciado con sus peculiares juicios –así
lo descubrí: atendía a sus recomendaciones, encontré clásicos que no conocía e
incluso volvía a valorar lo que había escuchado antes.
Hoy en la mañana me enteré de que Cifu falleció hace dos
semanas a la edad de 74 años. Afortunadamente, este hombre será recordado por
el buen trabajo que realizaba –sólo hasta hoy me enteré de aspectos de su vida
y de la influencia que tenía entre quienes lo escuchábamos. Aquí están la página que dedicó en su memoria la Radio Nacional de España (con todos los
programas que realizó en los últimos años) además de dos artículos publicados
en El País: "El guerrero del jazz"y una nota firmada por Chema García Martínez. Para concluir este pequeño en forma de agradecimiento dejaré
cinco piezas magníficas que descubrí gracias a él, espero que puedas escuchar
por lo menos una.
El escritor argentino Alan Pauls tiene una de las cuentas más fascinantes de Twitter, en ella hace
explícito (sin dejar de ser sarcástico) el pensamiento que muchos otros
usuarios parecen tener de manera inconsciente: el egoísmo exagerado, la
creencia de que se puede hablar de manera inteligente sobre cualquier tema, lo
que en apariencia nos lleva a la opinión de que tenemos razón en todo.
Intentaré responder de manera breve e individual tres
preguntas, a saber ¿Qué es twitter? ¿Cómo funciona? ¿Cómo se lee un tweet? –agradeceré
otras respuestas o sugerencias de tu parte, a ti que lees esto.
Las primeras dos preguntas pueden tener una respuesta
técnica, pero trataré dar una respuesta propia, es espera de que sea original. Twitter
como un todo es un medio de información amplísimo en sus contenidos (desde
poemas hasta fotografías pornográficas, desde agudezas o aforismos hasta los
más procaces insultos) pero es ante todo, un sitio donde circular con mayor
libertad los pensamientos y opiniones de los usuarios –esto no necesariamente
tiene un valor positivo. En la actualidad es muy sencillo notar que una es la
información de medios tradicionales, como la prensa y los medios audiovisuales,
y otra es la interpretación crítica de los usuarios en redes sociales; hoy día
estar inmerso en ese bullicio virtual es hábito de muchos, como si se escuchara
una conversación entre cientos o miles de personas. Twitter es como ese pájaro
que imita voces y aparece en el poema prehispánico.
Hasta arriba está el cielo azul, lo que ocurre en medio es indeterminable, de arriba abajo es lo mismo que de lo más reciente a lo más
antiguo pero en realidad no hay un fondo, podría decirse que no se acabará
nunca. Por lo mismo, parece un texto viviente, cuyo inicio se renueva de forma permanente. Su funcionamiento también puede
explicarse de otro modo: sus mecanismos son el ingenio, la brevedad (si no
fuera breve perdería todo interés), la voluntad libre y desatada. Valores universales,
podrían llamarse clásicos, al servicio de lo efímero.
Las apariencias
engañan, aparentemente el límite son 140 espacios disponibles, pero el
significado de un tweet excede lo que cabe ahí. Tienen igual importancia el
nombre del autor del pequeño texto (nada elegante, todo está en tipografía
Arial), su imagen o avatar más la cantidad de favoritos y retweets que alcanza –con
esto último se puede calcular la cantidad de lecturas que alcanzó el autor en
esa oportunidad. Cada tweet contiene su importancia porque en el fondo, es
resultado de la voluntad de expresión, de decirle algo a alguien más. Pero ante la inmensidad de importancias individuales –que en
conjunto parecen no significar nada– estoy convencido que la lectura del
silencio y de la ausencia también es posible.
Existe una enorme distancia entre el diálogo, la crítica y
la descalificación. Son preferibles las primeras dos actividades, pues la
última denota impaciencia y superioridad ante el interlocutor. El diálogo, pero
sobre todo la crítica, deben darse en un completo respeto (entendido esto como
respetar a la persona que está enfrente y también al lenguaje que se emplea
para la conversación). La calidad de un debate disminuye cuando se emplean
términos vulgares o vacíos –actualmente el caso más lamentable es el de la
palabra “chairo”. La situación presente, desbordada en información y excesiva
en cuanto a reacciones acaloradas, necesita prudencia para su solución. Desde hace
algunos meses me he preguntado quién es el enemigo y por qué necesitamos verter
tanto odio en nuestras expresiones cotidianas; soy consciente de que la mayoría
de los políticos, periodistas y otros personajes públicos cometen errores a
diario, pero pienso que denigrarlos, insultarlos o confrontarlos (desde el
cómodo anonimato de internet) tampoco sirve para arreglar nada.
Me pregunto si esos problemas que aparecen diariamente en
los medios de comunicación son, estrictamente hablando, nuestros. Sería interesante analizar con más detenimiento y desde
distintas perspectivas el modo en que reaccionamos como sociedad ante los
estímulos o, si se quiere llamarlas así, las provocaciones de distintos
discursos, y procesar del mismo modo con quienes coincidimos que a quienes
criticamos. La coyuntura mediática más reciente me sirve para explicar lo
anterior: después del conflicto entre Carmen Aristegui y la empresa MVS a raíz
de un asunto concerniente a la plataforma Méxicoleaks, surgieron voces para
acudir en defensa de la periodista y su equipo; el domingo en la noche ella fue
despedida a pesar de todas las muestras de apoyo. Durante las últimas dos
semanas he visto pronunciamientos, peticiones y junta de firmas en una página
de internet, hashtags que agrupan los
mensajes en defensa de Aristegui y una manifestación frente a las instalaciones
de dicha empresa. Lo curioso, desde mi punto de vista, es que el tono general trata de ver a Aristegui como una víctima de la censura del gobierno –esto último
es cierto, en parte. Pero no olvidemos que la información también es poder; en
una interesante entrevista publicada en la edición de este mes de la revista Gatopardo se le denomina una mujer “sin miedo al poder”, aunque tratándose de
una periodista con un alto nivel de audiencia y difusión es comprensible que lo
posea en cierta medida –sin llegar a ejercer con él decisiones marcadas por la
precipitación ni abusar de su fuerza (como actúa el gobierno federal). Pero también
existe una considerable distancia entre admitir la confrontación entre dos
maneras de entender el poder y hacer afirmaciones efectistas, pero falsas, como
la de “Todos somos Carmen”. Esto lo afirmo con el conocimiento de que carezco
absolutamente de poder pero reconozco que para analizar históricamente este
tema, es necesario notar que esta confrontación se ha desarrollado en un
contexto que no debe perderse de vista, el de las elecciones.